Camino

Helada mañana de otoño. Camino rápido, apretando los puños para conservar vanamente un poco de calor. Miro los árboles que se desnudan indecorosos, ajenos a la muchedumbre que circula enardecida, desesperanzada por el insufrible peso de una nueva semana.

El cielo se viste de gris metálico y una brisa helada me acaricia el rostro. Apuro el paso, prisionera del tiempo que se diluye y escurre libre por entre la multitud.  La calle se cubre de una alfombra ocre que cruje irónica y agresiva.

Camino decidida, embuhida en un mordaz monólogo sobre responsabilidades, profesionalismo y proyectos inconclusos.

Repentinamente, mis pies se detienen olvidando la neurótica cadencia matinal. Con ritmo propio y sordos a mis súplicas, comienzan a describir pequeños círculos iniciando una danza ondulante que mi cuerpo sigue desconcertado.

Mis cabellos se liberan frenéticos de su atadura de seda y el lazo, sin vida, cae inexorablemente. Mis manos se agitan cual golondrinas y van despojándome de abrigos y ropajes.

Súbitamente, el cielo sonríe turquesa, las nubes se esconden de fiesta, el viento se enamora de una coqueta rama de alerce y mi ropa baila, erótica e irresistible, con las alborotadas hojas.

Cuando los rascacielos inician su melódico trino, descubro un atareado duende celeste que adherido a mis raíces busca trenzar mi cascada cobriza.

 

Transeúntes calipso cosechan extasiados guayabas y avestruces que brotan rosadas de los semáforos, mientras los autos arremangan ventanas y neumáticos para evitar las olas.

Sorprendida me río y....hc`jik k l Ì ? ¯

 

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